el monstruo está naciendo
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...baja y empieza a leer...
La puerta estaba encajada. Óscar empujó y todas las bisagras del mundo apoyaron el quejido de la puerta. Un pestazo a puro le cruzó la cara nada más entrar. Las cortinas eran verdes, o eso le parecía. Era breve la luz que dejaban pasar. Cerró la puerta y la oscuridad se hizo más fuerte.
Detrás de la trinchera de sombras estaba Abraham, sentado en su enorme sillón orejero. Parecía sonreír, Óscar trató de imitarle. Éxito cero. El lugar no era acogedor, sus extremidades se lo advirtieron paralizándose y usando el frío de una manera eléctrica. Por fin pudo dar un paso y articular sus codos.
Dos segundos y medio después, un estruendo de añicos volvió a paralizarle. El jarrón que había a su derecha ya no era un jarrón y la aparente sonrisa del viejo había saltando por la ventana.
Cumplió la orden en el tiempo que tarda una persona en quitarse el pijama.
El viejo estaba desnudo. Las pupilas de Óscar se concentraron en hacer inventario de las cicatrices.

El cuerpo peludo y remendado de Abraham le puso el estómago del revés.

- ¿Es qué te gusto?

Vamos, deja de mirar como si fueras maricón y ayúdame de una vez,
¿Sabes cómo se viste un hombre? Pues empieza.

Óscar cogió los calzoncillos que coronaban un montón de ropa verde, perfectamente planchada. El viejo levantó levemente la pierna izquierda y Óscar se puso en cuclillas para comenzar a vestirlo.
Siempre habrá una trinchera
a la que acudir mientras lloran.
- La gente como tú es muy válida -comenzó Abraham amable y despistado-, he aprendido con los años que todo el mundo vale para algo, según la habilidad unos están arriba y otros debajo. -El viejo se apoyó en la cabeza de Óscar en busca de una tregua con el equilibrio. Levantó la otra pierna-. De eso es de lo que tratan las guerras, de unos tratando de poner en su sitio a los otros. No es un trabajo fácil, pero es de los que te ponen arriba ¿lo entiendes? Pues muchos no, no lo entienden y no saben una mierda sobre nada. Al principio pensé que matarlos no estaba bien del todo.
Los muertos sí que no se enteran de nada, pero no es a ellos a quienes hay que convencer, es su alrededor lo que debes alterar. Fue en las caras de los amigos y las familias de los muertos donde aprendí la importancia de mi labor. A ellos es a quienes hay que convencer. Sus lágrimas nos protegen.
Óscar le anudó la corbata con precisión. Había guardado silencio prenda a prenda. El viejo había ganado quince centímetros de estatura con su uniforme, alineó milimétricamente los hombros y dio a sus cejas la orden de interrogar al chico. "Está muy bien, señor", acertó a decir sin trabarse.
El salón era ahora luminoso. El humo jugueteaba con los haces creando una niebla nuclear.
El viejo miraba la televisión apagada mientras degustaba con repugnante placer el tabaco. Tosió como si un pulmón se estuviera esforzando en salírsele por la boca y ordenó al chico que le acercase una caja metálica que había en la mesilla donde ya no había un jarrón. Óscar obediente.
- Hay que cuidarla y mimarla todos los días, es una puta muy especial. -Dijo mientras sacaba de la caja su reluciente pistola reglamentaria.
A Óscar se le ocurrió que todo el polvo del salón debía de ser el polvo que el viejo le había ido quitando a la pistola durante sabe dios cuántos años. Permaneció de pie hasta que finalizó el ritual. Calculó media hora.

- Ya está, preciosa -murmuró mirando a los ojos marrones de Óscar, como un depredador inteligente. Quitó el seguro, tiró de la corredera y tuvo un orgasmo con el sonido del percutor.

Puso muy despacio el dedo en el disparador y apuntó a Óscar entre las cejas. El sudor, el humo y la luz hacían aún más oscura la ya negrísima piel del chico. El viejo apretó el gatillo. El eco metálico del cañón vacío atravesó sus oídos como una manada de alfileres hambrientos. Se evaporó el sudor y sólo la niebla permaneció entre ambos.

A las dos de la mañana Abraham siempre tenía el mismo sueño: El salón se iba derritiendo sin prisa. La cortinas eran una espesa vegetación, el suelo un barrizal maloliente y el techo un espectacular cielo sin una mísera estrella.
Abraham avanzaba por una selva desordenada; cada vez que hundía un paso, los tobillos le temblaban. El miedo se había instalado en su columna. Abraham comenzaba a disparar en todas direcciones, sus balas se perdían en la distancia a cámara lenta.
Sustituyó el cargador vacío e inauguró el nuevo con un disparo al frente. Era la bala más lenta del mundo. Un soldado enemigo apareció en la trayectoria; la bala aceleró y le voló la cabeza. Abraham celebraba su éxito disparando una y otra vez. Cada disparo un muerto.
Toda vez que percutía, un objetivo humano aparecía enfrente y se desplomaba sin cabeza. Al cabo de un rato Abraham estaba feliz. Rodeado de cuerpos sin vida. Todas las noches ocurría lo mismo, cuando la felicidad por un trabajo bien hecho alcanzaba su punto álgido, un último enemigo aparecía tras la espesura y se la arrebataba vaciándole mil balas en el pecho.
Aquella noche no fue así. Aquella noche, el último enemigo no apareció. Por primera vez Abraham se sentía pleno. Nadie iba a robarle su momento. Aún dormido, su sonrisa era tan fuerte que los dientes parecían querer saltársele. Comenzó a despertar en un lecho de paz. Abrió los ojos con placer.
Se relamían las pestañas. Era madrugada cerrada, la misma madrugada desde hacía años, pero esta vez podría darse la vuelta y volver a dormir. Giró sobre su cuerpo y quiso cerrar de nuevo los ojos. No pudo. Otra vez la selva.
Fue la última vez que el viejo no pudo volver a dormirse.
No estaba solo. Óscar encendió la luz.
El viejo escuchó un sonido que habría reconocido en cualquier parte. La corredera haciendo útil el percutor. Óscar alzó su brazo con tanta fuerza que los músculos del cuello crujieron. Puso el cañón sobre el pecho de Abraham y dijo:
Si, Señor

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Habrá Trincheras Mientras Lloren

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